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A salvo Reverencia Noche de Guardia II Noche de Guardia II

martes, 16 de abril de 2019

Bajo un manto verde II

Hace cuatro años, una mañana, recibí una llamada. Era César Vega quien me propuso una aventura a la que difícilmente podía negarme: una semana en Islandia. Tenía planeado viajar con su hermano Javier, y pensaron que sería buena idea hacerlo con una tercera persona. Y tenía todo el sentido del mundo. En un viaje como éste, el volumen del equipaje es determinante a la hora de elegir el número de personas que van a formar parte del grupo de viaje. Aparte de la maleta que debes llevar con ropa de abrigo, hay que contar con la parte de equipaje formada por el equipo fotográfico, y que, en la mayoría de los casos, ocupará un gran volumen. Por ello, teniendo en cuenta que es un viaje en el que hay que alquilar un medio de transporte, generalmente un coche, 3 personas es un número perfecto si piensas en que un maletero ya puede quedarse bastante justo para llevar 3 maletas grandes y 3 mochilas con un equipos fotográficos bastante completos. Ahora piensa que en lugar de 3 personas, fuesen 4 las que formaran el grupo...

Aquella mañana César me dijo que Felipe Carrasquilla, a quien se lo había propuesto inicialmente, y a quien le era imposible viajar en esas fechas, le propuso mi nombre como tercer miembro del grupo. Por suerte para mí, las fechas en que César y su hermano querían viajar me venían bastante bien, así que sin pensármelo mucho, dije que sí.

Islandia es un país que para el fotógrafo de paisaje, pero, especialmente, para el nocturno, tiene un atractivo especial. Son muchos los lugares icónicos que crearon los primeros fotógrafos que visitaron la isla. Entre esos lugares icónicos se encuentra el avión Navy R4D-9 abandonado en una playa próxima a Vik i Myrdal.

En ese primer viaje, como no podía ser de otra forma, visitamos ese avión. Además, para suerte nuestra, la Dama Verde nos estaba esperando en aquella playa. Sin duda, fue una noche inolvidable. Si tienes curiosidad, la historia de aquella noche la puedes encontrar aquí.

Tres años más tarde, me vi volviendo a Islandia, aunque mis compañeros de viaje en esta ocasión fueron Cristina García y Felipe Carrasquilla. Cristina ya había estado en Islandia, casualmente el mismo año en que viajé con César, pero Felipe aún no había tenido el placer de conocer este increíble país. 

Puedo entender, porque yo lo he vivido, las sensaciones de viajar por primera vez a Islandia, cuando durante años has estado viendo tantas fotos (buenísimas en su gran mayoría) que casi podría decirse que conoces el país a pesar de no haber puesto un pie allí. Esa primera vez quieres conocerlo todo, quieres verlo todo, quieres vivir a tope cada minuto que vas a pasar allí. Pero todo no se puede, y tienes que seleccionar. Además, tienes que dejar cosas para la próxima vez, ¿no crees? ;-).

Entre los destinos que seleccionamos en este viaje estaba el famoso avión. Es normal. En la ruta que habíamos planificado se encontraba la opción de visitarlo pues íbamos a pasar basante cerca. Yo también fui a visitarlo la primera vez que viajé a Islandia. ¿Cómo no hacerlo? Ahora bien, las cosas habían cambiado mucho desde la primera vez hasta ahora. Hace años podías desplazarte con tu coche hasta las mismísimas alas del avión. Un trayecto de unos 10 minutos en coche por la arena negra de la playa. Hoy en día la cosa es muy diferente. Parece ser que el dueño del terreno en el que se encuentra el avión, está cansado de tanto coche en sus tierras y ha decidido vallar el acceso. Así que hoy en día hay que dejar el coche en un parking que está a unos 4 km del avión. Cuatro kilómetros (unos 40-45 minutos a paso ligero) de ida y otros cuatro de vuelta. Cuatro kilómetros que se pueden hacer un poco pesados cuando llevas colgados a tus espaldas una mochila cargada de un pesado equipo fotográfico y al hombro un trípode .

El caso es que, aunque Cristina y yo ya conocíamos el avión (en su viaje, Cristina también había estado), entendíamos perfectamente el interés y las ganas de Felipe por ir allí, así que no hubo ninguna duda sobre si había o no que ir. Fuimos, y punto.

Y mereció la pena. ¡Vaya si mereció! Para esa noche daban kp4 y, aunque parecía que las nubes nos iban a acompañar cubriendo completamente el cielo, en más de un momento se apartaron para poder dejarnos ver las luces verdes. Uno de esos momentos fue éste que puedes ver. Un momento en que las nubes teñidas de la luz de la aurora se desplazaban hacia nosotros dejando ver en la cámara una fuga preciosa. Un momento especial también porque una vez más volvíamos a disfrutar de la fotografía nocturna, pero esta vez en el país de las auroras boreales. Y lo hacíamos como nos gusta, trabajando la foto en equipo, jugando con la iluminación. 

Te cuento cómo trabajamos la foto. Para la iluminación del interior del avión, uno de nosotros se metió en su interior y se quedó allí mientras hicimos pruebas. Esta iluminación la hicimos con linterna cálida de no mucha potencia. Otro de nosotros se encargó de la iluminación exterior. Para esta iluminación usamos linterna fría de alta potencia. ¿Por qué linterna de alta potencia? Hay varios motivos. Primero porque el sujeto a iluminar es grande. Segundo porque el tiempo de disparo no debía ser demasiado alto, y para que el elemento a iluminar quede bien iluminado en poco tiempo, la linterna usada es recomendable que sea potente. Y tercero, y, quizá, más importante, por el suelo. Sí, el suelo. Os puede resultar extraño, pero os lo explico ya mismo. 

El avión está abandonado en una playa de arena negra. Estamos sacando foto en un país donde la contaminación lumínica es mínima, por no decir, inexistente. Y, para colmo, no había luz de luna que nos ayudara a la iluminación. ¿Qué significa esto? Que la arena negra se come prácticamente toda la luz que le apliques. Absorbe mucha luz y refleja muy poca. Por ello era importante tener tiempo suficiente para iluminar el avión y dedicar un tiempo significativo para iluminar el suelo. 

La orientación de la iluminación exterior y del suelo, como podéis imaginar, se hizo de izquierda a derecha, aunque en los úlltimos segundos se aplicó al suelo algo de luz desde la derecha.

Felipe vio su primera aurora boreal (aunque no sería la única) y sé que lo disfrutó, y me alegré por ello. Ahora bien Cristina y yo no disfrutamos menos. Los que nos conocéis imaginaréis que los 3 teníamos muchas ganas de hacer este viaje. Un viaje que no fue fácil cuadrar, pero que al final, felizmente, se hizo realidad.

Como de costumbre, si tenéis dudas sobre la foto, sobre la iluminación, sobre cualquier tema relacionado con la foto, podéis preguntar lo que os apetezca.

Espero que os guste.

¡Hasta la próxima semana!

Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Focal: 16 mm 
Exposición: 36 sg 
Apertura: f/2.8
ISO: 4000



jueves, 11 de abril de 2019

Cara a Cara

El verano pasado viajé a Navarra para pasar un fin de semana. Entre las maravillas que tiene esta hermosa tierra, hay una en concreto que quería visitar (aunque más bien debería decir 'volver a visitar', pues hace años lo hice por primera vez), ya que deseaba tomar fotografías allí. Hablo de las Bardenas (no Bárdenas, sino Bardenas) Reales, una zona desértica en una región fértil.

De aquél inolvidable fin de semana pude traerme a Madrid fotos que me dejaron satisfecho, como ésta que podéis ver aquí, aunque no regresé a casa todo lo contento que me habría gustado. Hubo una segunda visita, pero en esa tampoco pude obtener la foto que iba buscando.

Pues bien, a mi vuelta de mi viaje a Islandia volví a viajar a Navarra. Llegaba de Islandia un jueves, después de 2 semanas fantásticas, pero agotadoras, y cogía el coche el viernes para hacer más de 400 km. Tenía un objetivo en mente. Tenía que ir. Así que cuando salí de trabajar el viernes, sin pasar por casa, me fui a Navarra. No era el mejor fin de semana para conseguir ese objetivo, pero tenía que intentarlo. Si salía bien, habría merecido la pena la locura.

Llegué a Arguedas, que es un pueblo cercano a las Bardenas, cuando el sol ya se había puesto. Como aún había bastante luz en el cielo, hice tiempo cenando. Cuando consideré que era el momento me acerqué a las Bardenas, en concreto a este punto, el Castildetierra. No iba a tener mucho tiempo pues esa noche la luna salía pronto, y para mi foto no quería luna. Debía actuar rápido. Busqué el mejor sitio para plantar el trípode (o, al menos, el que más me gustó), aunque debo decir que tampoco dediqué mucho tiempo a buscar dónde colocarlo. Sencillamente, encontré uno y me pareció lo suficientemente aceptable. Ahora tocaba ser rápido: estabilización del trípode, pruebas, y a disparar.

Inicialmente hice una foto similar a la que puedes ver, pero sin aporte de ningún tipo de iluminación. Bien, me gusta, pero se podía llegar un poco más lejos. ¿Qué tal si el modelo (es decir, yo) apareciera con una antorcha (linterna)? Bueno, era cuestión de probar, pero no había que perder tiempo, pues el cielo empezaba a clarear por el Este. La luna avisaba de su llegada.

La realización de esa foto conllevaba varias dificultades para las cuales no tenía muy claro si encontraría solución. La primera es la que os he comentado: la falta de tiempo. Ésta es una foto panorámica creada a partir de 5 tomas verticales. Esto implica la necesidad de mayor cantidad de tiempo (algo que no me sobraba) para sacar una única foto. Cinco tomas de 30 segundos. Dos minutos y medio, por los 30 segundos que aproximadamente sueles emplear en una foto.

La segunda dificultad está relacionada con la presencia de un modelo. En la mayoría de las fotografías panorámicas en las que aparece una figura no estática se suele dar que esa figura aparece en, al menos, 2 de las fotos que forman parte del conjunto. Al ser una figura no estática, es complicado conseguir que durante esas tomas el sujeto esté inmóvil durante, al menos, 1 minuto (30 segundos por cada foto, si consideramos sólo 2 tomas). Pero es que, además, a esta dificultad había que añadir un problema.

En este viaje a Navarra no fui acompañado. Fui sólo, con lo que puedes imaginar que yo fui fotógrafo, y que yo fui modelo. Y sí, en más de una toma de las que forman la panorámica tuve que aparecer posando. Quizá te preguntes cómo me las ingenié para ello.

Como te he dicho, esta fotografía panorámica está formada por 5 tomas verticales. Estas tomas están realizadas de izquierda a derecha. Como podrás imaginar, las 3 primeras fueron fáciles de realizar. Sólo tenía que disparar foto, y limitarme a iluminar el suelo. Ahora bien, las 2 últimas eran las que iban a complicarse, pues en ellas tenía que aparecer yo. Para ello, lo que hice fue poner el disparador remoto con un retarde de 20 segundos para que me diera tiempo a ir a colocarme donde quería aparecer en la foto. Marqué bien dónde tenía que ponerme, pues iba a tener que repetir lugar y posición en la siguiente foto. Cuando se abrió el obturador, me mantuve todo lo que pude quieto durante esos 30 segundos que duró la toma, intentando memorizar mi postura. Y cuando se cerró el obturador, rápidamente me aproximé a mi cámara, giré la rótula la cantidad necesaria, disparé el control remoto con el mismo retardo de 20 segundos y corrí a mi lugar para colocarme en el mismo sitio y con la postura lo más aproximada posible a la que mantuve en la anterior foto. Es decir, no se trataba de estar inmóvil 60 segundos (30 + 30), sino de estar inmóvil 30 segundos, moverme para girar el trípode y volver a mi posición inicial para estar nuevamente inmóvil durante otros 30 segundos.

A partir de aquí, poco puedes hacer pues el resto del trabajo tendrá que hacerlo el software fotográfico que se encargue de unir todas las tomas. Sabía que en este punto, no habría problema con las partes estáticas, pero tenía mis dudas sobre qué resultado conseguiría en las zonas en las que aparecía yo. Sí, algo de miedo había, lo reconozco. Sin embargo, el resultado me gustó.

Es muy mejorable la foto, soy consciente de ello. Pero, a pesar de que no volví especialmente feliz de Navarra, el resultado me ha agradado lo suficiente como para poder publicarlo y enseñároslo. ¿Repetiría la foto? Sabiendo dónde puedo mejorarla, me gustaría, no lo niego. Ahora bien, ¿volveré a Navarra? Esto ya no lo tengo tan claro. Quién sabe, quizá algún día.


Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Foto panorámica formada por 5 tomas verticales, cuyos valores son:

Focal: 16 mm 
Exposición: 30 sg 
Apertura: f/2.8
ISO: 1600


martes, 26 de febrero de 2019

La Erupción

Hace unos meses un compañero de trabajo al que le recomendé ir a Islandia, me dijo en una conversación sobre el viaje que finalmente hizo a esta increíble isla que entre las cosas que menos le habían impresionado estaban las auroras boreales. Mi estupefacción fue absoluta. Lo cierto es que no me esperaba una afirmación como ésa. Vamos a ver, no a todo el mundo le tiene que gustar lo mismo, es evidente. Pero si haces un viaje a Islandia en otoño o invierno, generalmente es porque deseas, además de ver todas las maravillas naturales que ofrece este país, vivir la experiencia de la Aurora Boreal. Porque, en mi opinión, es algo único y espectacular.

Lo reconozco: no estaba preparado para una frase así. En ese momento, mi obtuso cerebro lo único que fue capaz de pensar fue: "claro, será porque no habrá visto una aurora boreal de esas que quitan el hipo". Y este cerebro mío no dio para mucho más.

Pues sí, lo reconozco: me gustan las auroras boreales. Me tienen enganchado. Auroras de esas que quitan el hipo y de las que sólo son una franja verde que sirve para dejar testimonio de que estás en el país de las luces verdes. Sí, claro, estas últimas me gustan un poco menos, pero también me gustan, ¡cómo no!

La fotografía que hoy quiero enseñaros es una en la que se ve una aurora boreal que no es de esas que dejan con la boca abierta, pero que te dibuja una sonrisa en la cara, parecida a la que tengo en el instante en que estoy escribiendo estas líneas recordando aquella noche. Dejadme que os hable un poco de ella.

La tarde que precedía a la noche en que tomé esta foto estaba marcada en la planificación como "Stokksnes". Para los que no conozcáis mucho de este sitio, se trata de una playa que poco a poco se va haciendo bastante popular. Quizá no tanto por la playa como por las montañas Vestrahorn que la limitan en un buen tramo.

Tras pagar el peaje de turno que sirve para que puedas meter el coche en el área, pasamos lo que nos quedaba de tarde tomando fotos del lugar, esperando ansiosos a que llegara la noche. La verdad es que la predicción de auroras boreales para esa noche no era la mejor. Creo que estaba en kp 2 ó 3, no recuerdo bien, lo que se traduce en que, con un poco de suerte, vas a poder ver un suave resplandor en el cielo. Lo mejor es que el cielo estaba despejado, y que no había luna, lo cual iba a ayudar a que la luz que encontráramos, poca o muy poca, se viera con más intensidad.

Cuando la noche llegó buscamos un lugar en la playa donde poder sacar una foto que nos convenciera. Una vez colocados, con cámara y trípode montados, sólo quedaba esperar haciendo pruebas con diferentes parámetros configurados en la cámara y, por qué no, aplicando algo de luz sobre ese suelo de arena negra cubierto en ciertas zonas por un suave manto de nieve. 

Había que tener una cosa en cuenta, y es que para esa noche se nos habían juntado los peores factores que podíamos tener: ausencia de luz de luna y un suelo casi negro que iba a absorber la poca luz que le llegara de... ¿las estrellas? Así que pensamos en ayudar a sacar un poco de información de ese suelo aplicando un poco de luz blanca. Como esto no iba a ser suficiente, decidí exprimir mi 6D casi al máximo. Coloqué un objetivo Samyang de 14 mm, cuya apertura máxima era de 2.8, aumenté el tiempo de exposición a 36 sg (algo raro si quieres fotografiar auroras boreales), y tiré de un ISO de 6400. Artillería pesada al poder.

Cuando el frío empezaba a ganar a la ropa de abrigo que llevábamos, un ligero resplandor apareció sobre las montañas. ¿Sería la llegada de la aurora? No podía ser otra cosa, pero, aun así, la cámara nos daría la confirmación definitiva. Así que disparé. Verde. Efectivamente, la Dama Verde entraba por la puerta... aunque entraba tímidamente. De todas formas, era el momento de tirar de tarjeta SD y disparar y disparar.

Nuestra sorpresa vino cuando vimos que la intensidad de lo que aparecía en la cámara iba creciendo, hasta el punto de que no llegamos a necesitar la pantalla de la cámara para poder ver verde sobre las montañas. En plena oscuridad, a simple vista, encontramos los tonos verdes de la aurora. No tuvieron la intensidad de otras veces, cierto, pero no menos cierto es que aquello que vimos fue mucho más de lo que realmente me esperaba, contando con la previsión que conocíamos.

Varias horas estuvimos allí, aguantando el frío húmedo de Stokksnes. Pero creo que mereció la pena. Y no creo, estoy convencido, de que repetiría (como ya te he dicho, estoy enganchado a Islandia).

Creo que si eres de los afortunados que ha viajado a Islandia, que conoce la isla, y que ha visto la Luces del Norte, es muy posible que puedas entenderme. Si no las conoces, sólo puedo recomendarte que, si en algún momento has tenido curiosidad por saber qué es eso que hace que cada año miles de fotógrafos viajen hasta esta isla, hagas lo posible por ser uno de ellos. Creo que puedo apostar, con muy poca probabilidad de equivocarme, a que vivirás unas sensaciones muy parecidas a las que yo viví. Claro, que puedo equivocarme. Y es que, para todo, siempre hay excepciones ;-)

Para acabar, os dejo los datos con los que tiré esta foto.

Como siempre, espero que os guste y, una vez más, si tenéis alguna duda o curiosidad, no dudéis en preguntármela.

¡Hasta pronto!

Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Focal: 14 mm 
Exposición: 36 sg 
Apertura: f/2.8
ISO: 6400





jueves, 21 de febrero de 2019

Peregrinos

Si sigues este blog con asiduidad sabrás que soy un gran aficionado a la fotografía nocturna. Raro es el mes que no salgo una o dos noches como mínimo para disfrutar de esta afición. Generalmente el sitio al que me tengo que desplazar no suele estar muy lejos de donde vivo. Y es que, si bien, coger el coche y, tras una semana de trabajo, hacerte un viernes o sábado decenas de kilómetros para llegar a una localización nocturna, ya es cansado, imagínate si las decenas de kilometros se convierten en centenas. Por este motivo, intento (o intentamos, cuando salgo con mis amigos y compañeros de fiestas fotográficas nocturnas) que estas distancias no sean muy grandes.

Pero hay veces en que esto no es posible. Consigues encontrar una localización que has visto en alguna foto, o revista, o que alguien te ha dchivado, y descubres que está a más de 200 km de tu casa... ufff, pereza enorme. Sin embargo, apuntas esa localización por si un día pasas cerca de ese sitio... o por si algún día cambias de opinión, y te ves con fuerzas para sumar 200 km de ida y otros tantos de vuelta a los que ya llevas hechos durante la semana. Y esto es lo que nos pasó el viernes que salimos a hacer esta fotografía.

Inicialmente aquella tarde sólo íbamos a quedar Felipe Carrasquilla y yo para ir hasta donde se encontraba esta construcción. Sin embargo, a última hora se apuntó también César Vega, a quien le había propuesto el día anterior que se viniera, pues, aunque las condiciones meteorológicas no fueran las ideales, seguro que podríamos echarnos unas risas.

Así pues, recogí a Felipe y quedamos con César en un parking de Torrelodones. Allí elegiríamos un coche en el que ir los 3, pues es tontería llevar más coches de lo necesario. El viaje de ida a mí se me hizo más largo de lo normal, aunque gracias a la buena compañía se me hizo más ameno. Para esa noche teníamos seleccionado, aparte de este humilladero, un castillo que no estaba demasiado lejos de esta construcción. Total, unos kilómetros más o menos tampoco iban a agotarnos mucho más.

En primer lugar fuimos al humilladero. Nada más llegar lo primero que nos llamó la atención fue un camino de luces que conduce desde la carretera hasta el mismo humilladero, un pequeño detalle que para nosotros se convirtió en una pega. Puedo entender que estéticamente puede estar hasta gracioso, pero a nosotros nos hizo la puñeta, pues, unas luces con un color no muy limpio, lo que hacían era contaminar de un color feo la piedra que formaba parte del humilladero. Por otro lado, al llegar nos dimos cuenta de que detrás de la construcción de columnas se encontraba la luna, y a ninguno de los 3 nos apetecía meter este elemento en nuestros encuadres. Y por último, el cielo no tenía pinta de que fuera el más bonito que habíamos tenido en los últimos meses.

Todo esto hizo que nos planteáramos ir a cenar antes de ponernos a hacer fotos. ¿Qué conseguiríamos con esto? Evidentemente con las luces del camino no íbamos a poder ahcer mucho, pues no creo que las bombillas o leds que formaban el reguero de luces fueran a fundirse en una hora. Sin embargo, el cielo podría mejorar y, además, la luna, que se encontraba en un punto descendente en su trayectoria, podría desaparecer dándonos una inmensa alegría.

Sin embargo hicimos algo que tiene su riesgo si has decidido marcharte: sacar una cámara para ver encuadres, parámetros... en definitiva, para ver cómo quedaría una foto. Después de una cámara va otra, y claro, como no hay 2 sin 3, finalmente aparece la última cámara. 

Y allí estábamos los 3, de rodillas frente al humilladero como 3 peregrinos. En vez de bastones y cantimploras llevábamos trípodes y cámaras, pero cualquiera que nos hubiera visto de lejos podría habernos confundido :-)

Y después de encuadrar va un "oye, dale un poco de luz por ahí, a ver cómo quedaría". Y después va un "oye, pues el cielo no está tan mal, y parece que va mejorando".

En fin, que la cena tuvo que esperar. Probamos diferentes encuadres con diferente iluminación. Y, entre todos, el que hoy te muestro. Entre prueba y prueba, y encuadre y encuadre nos dimos cuenta de que la luna había bajado hasta que se colocó detrás del humilladero. Fue el momento de probar la foto frontal.

Entre los 3 nos repartimos la iluminación. Uno de nosotros se colocaría detrás de la cruz y repartiría  luz nadir, o luz que va de abajo a arriba. Con ello conseguiríamos iluminar las 4 vigas que conectaban las columnas, y las columnas traseras. Por otro lado, dimos luz a las columnas delanteras desde ambos lados y a la cruz desde un lateral. Y por último, luz al suelo, aunque suavemente. Lo justo para quitar las zonas más negras de la foto. Toda la iluminación la hicimos con luz blanca. Para esta foto pensamos que le iría mejor este tipo de iluminación.

Este fue el último encuadre que hicimos. Unas pruebas más tarde nos dimos por satisfechos. Ahora sí. Ahora ya podíamos guardar las cámaras y recoger los trípodes... e irnos a cenar.

¡Hasta pronto!

Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Focal: 14 mm 
Exposición: 30 sg 
Apertura: f/5,6
ISO: 1600



miércoles, 6 de febrero de 2019

Seguro en tu refugio

Uno de los fenómenos meteorológicos que más me fascinan son las tormentas. Creo que es de esos fenómenos que pueden darte ese golpe de realidad y hacerte ver lo pequeño que eres en este mundo. En una ciudad o en el campo (quizá especialmente en el campo), como es el caso de la foto que esta noche te traigo, oír cómo el cielo se rompe, y cómo de pronto se ilumina. Es alucinante, ¿no crees?

Entiendo que haya muchas personas a la que les producen pavor. Gente que en momentos de tormenta no quiera salir de casa. En casa se está muy bien viendo esos relámpagos y escuchando esos truenos. Y si es en la lejanía, mejor. No sé si tú eres de esas personas que prefieren tener a las tormentas bien lejos. Yo, quizá, debo de ser un tipo de tío raro, porque me pasa la contrario. Y no es que me gusten las tormentas. Es que me gusta vivirlas de cerca. O, al menos, pegado al límite, en el lado donde se puede estar seguro. Lo malo es que a veces he estado en el otro lado, el lado equivocado.

Sí, me gustan las tormentas. Me ponen de buen humor, fíjate. Y si, además, llevo una cámara encima, más contento me ponen.

El día que tomé esta foto, sin embargo, mi idea inicial era la de sacar fotos en las que apareciera la Vía Láctea, así que buscamos una zona en la que la contaminación lumínica no fuera muy alta, así que nos fuimos a Toledo. El desarrollo de las primeras horas de esa tarde la puedes leer en esta entrada. Si entras verás que lo que esa noche fotografié dista mucho de lo que yo quería inicialmente, pero me valió igualmente. 

La foto del enlace que acabo de poner fue la primera de esa noche, pero no sería la última. Cuando acabamos de fotografiar ese árbol, nos fuimos a unos kilómetros de ese lugar, hasta un punto en el que tenía localizados unos chozos, ya sabes, cabañas de pastores. Este tipo de construcciones son un buen recurso del que tiramos mucho en fotografía nocturna. Los motivos son varios: están alejadas de los focos de luz, son fácilmente iluminables y dan juego a la hora de usar luz artificial. 

En el lugar donde encontramos este chozo comprobamos que el cielo no había cambiado de lo que inicialmente habíamos encontrado, así que continuamos con la idea de seguir cazando tormentas.

Una vez estuvimos al lado del chozo, buscamos un encuadre en el que poder sacar la tormenta que a lo lejos veíamos. Éste, el de la foto que hoy puedes ver, no es el mejor que ese chozo tiene, pero sí era el mejor que encontramos para poder sacar la tormenta. Sólo quedaba ajustar parámetros, hacer pruebas de iluminación, y disparar y disparar la cámara.

La iluminación no iba a tener mucha dificultad. Con una linterna cálida de no demasiada potencia iluminaríamos el interior del chozo, por lo que alguien debería meterse dentro de la cabaña con la linterna. Y desde la derecha, alguien con una linterna de la misma potencia iluminaría el chozo y ligeramente el suelo para levantar un poco las zonas oscuras de la foto. Fueron varios los disparos que hicimos hasta conseguir iluminar de forma correcta, y para cazar ese maravilloso resplandor en el cielo. Y, por fin, conseguimos la iluminación como la queríamos y el resplandor donde lo buscábamos.

Para terminar, sólo una aclaración. Las tormentas pueden tener su peligro, no hay que tomarse a broma fotografiarlas. Reconozco que a veces me he arriesgado un poco más de lo normal, pero nunca me la he jugado en serio (o eso creo). Aun así, no recomiendo arriesgar al máximo. Hay que ser siempre muy conscientes de lo que estamos haciendo.

A continuación, y como de costumbre, os voy a dejar los datos EXIF de la foto. Quizá os extrañen los parámetros que configuramos en la cámara. Si es así, como siempre, podéis preguntarme por eso o por cualquier otro detalle de la foto.

Sea como fuere, espero que os guste la foto. 

Muchas gracias por haber leído esta entrada, y ¡hasta pronto!

Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Focal: 16 mm 
Exposición: 6 sg 
Apertura: f/2.8
ISO: 2000